Desde que era niña estuve en contacto con los libros. Mi padre se encargó de eso: me regalaba historias porque le encantaba ver cómo mi cara se iluminaba cuando tenía ese pequeño tesoro entre las manos. Más que una muñeca o cualquier juguete propio de mi edad. Tenía apenas siete años cuando descubrí mi amor por la lectura. No empecé por cuentos infantiles; el primer libro que recuerdo haber leído fue Las mil y una noches. No tenía ilustraciones: era un enorme tomo de letras diminutas que me adentró en un mundo del que no pude desprenderme hasta que lo terminé. Después vinieron El Principito y Un mundo feliz: lecturas que quizá habrían aburrido a otra niña, pero que a mí me abrieron puertas que no sabía que existían.

He leído infinidad de libros a lo largo de mi vida, tantos que he perdido la cuenta. Y aun así, cada vez que empiezo una nueva lectura siento la misma emoción. Con el tiempo empecé también a crear historias dentro de mi mente, pero cuando vives en un pueblo pequeño donde “ser escritor” ni siquiera figura como posibilidad, esos sueños se quedan en silencio, guardados mientras lo cotidiano te consume en cosas prácticas.

Muchos años después, ya siendo profesionista y madre, atravesé un momento oscuro. Para alejarme de los problemas empecé a escribir, sin saber que ese gesto sería una forma de terapia. Comencé con pequeños cuentos que no mostraba a nadie. Y, a pesar de todos los libros que había leído, descubrí que necesitaba herramientas. Así comenzó mi lento aprendizaje autodidacta para convertirme en escritora.

Aprendí a crear personajes, tramas y escenarios. Estudié narradores, descripciones, diálogos. Investigué sobre inicios, puntos de giro y desenlaces; sobre la evolución de los personajes y la estructura. Y, por supuesto, tuve que aprender también sobre corrección ortográfica, aunque he de admitir que ese no es mi fuerte.

Me atreví a escribir una novela que pretendía ser solo un ejercicio personal. Por azares del destino, mi hermana leyó los primeros capítulos y, desde entonces hasta ahora, jura que tengo un don. Fue ella quien me convenció de publicarla en una plataforma de escritura. Elegí Booknet porque, al igual que yo, era un proyecto que recién empezaba en el mundo literario en español… y lo demás es historia.

Más allá de todas las satisfacciones que la escritura me ha dado, algunas emocionales y otras más terrenales, escribir es algo que me sale del alma. Es una necesidad, como respirar o comer. La escritura me sacó de un lugar de dolor y me dio una nueva vida. Crear mundos que solo existen en mi imaginación y compartirlos para que alguien más los habite es un acto profundamente hermoso.

Este nuevo proyecto, este blog, no pretende ser algo comercial. Es, simplemente, un espacio donde quiero escribir de vez en cuando sin pretender nada más que descargar el alma. Tal vez animar a alguien que aún no se atreve a salir del caparazón y mostrar sus letras. Tal vez recordar que los sueños no se alcanzan por impulso, sino por la suma de pequeños gestos cotidianos.

Hay una frase de Mario Alonso Puig que dice: “Cuando cambias la forma de mirar, lo que miras cambia.” Y es cierto. No eres ingenuo por creer en tus sueños. Ingenuo es quien cree que rendirse es más seguro que intentarlo.

Así que, a ti que me lees, te doy la bienvenida a este espacio. Ojalá encuentres aquí palabras e historias que te acompañen, que te inspiren y por supuesto, un rincón al que siempre puedas volver.

Lu Carmona.


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